Desde el inicio de la historia de este personaje, se le
entregaba a sus acontecimientos la fortuna de azarosos o inevitablemente
libres, si bien inequívocos y asertivos. Ahora, fuera de todo juicio
apresurado, excelentemente bien modelado y ejecutado, los sucesos que acompañan
al personaje, se tornan borrosos y desmesurados hasta para el mismo. Esto fue
los que produjo el fin de lo que llamamos Armonía Zodiacal, o Alineación
interna con el universo como paradigma del personaje.
Y fue algo así:
Una tarde inmensa e infinita, con una ambientación tan intensa
y colorida que hacia confundírsele con una noche de carnaval, una tarde en la
que solo existían quienes debían concurrir a la montaña para interrumpir la meditación
del personaje, era esa tarde.
Ensimismado no permitía que ningún segundo se le escapase,
se aferraba a cada uno como asesino a su cuchillo, o madre a limón de ensalada,
exprimiéndolo hasta sofocarlo entre su alma y hacerlo volver disuelto en
realidad al universo.
Lograba escuchar su circulación sanguínea, mares de roja y
acida sangre, excitante motivación para continuar.
Recordó la saliva de su primer amor, fétida y viscosa
esparcida por su cuerpo, esa que le hizo dudar si el sexo se trataba de ese apestoso,
sucio, pero excitante morbo, o si se trataba de un pervertido de gustos
fetiches. Luego no le importo.
Medito, días, décadas, o quizás minutos eternos, pero ese
descuido físico fue lo que hizo falta, para que un grupo de artífices de joyería
mágica le rodearan de cadenas de diamante encantado y lo partieran en dos.
Dos medios de el ahora rodaban montaña abajo, y esto le hizo
sentirse bien, saludable, fuerte, libre.
Y se olvido de la meditación y de las conexiones astrales,
porque vio con claridad el plan de los artífices, uno grande, estructurado,
poderoso y necesario para el universo. Olvido todo y agradeció.
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