No se trata ya solo de palabras correderas,
de monociclos con cadenas
o esclavos iluminados por las sombras.
No se limita a la berborreica cuestión
De no saber hablar,
de cultos a dioses desconocidos
o de incultos queriendo ser dioses.
No son los insolentes solsticios indecisos
Que más que un resfriado,
Nos muestran
los días como todos debieran ser;
En cama.
No; Los
marcos de nuestra fotografía
Se abren,
Se expanden
como una flor
En pos del
ciclo natural de la vida.
Y entonces
vemos nuestro sucio reflejo
Y sus
frágiles e incipientes vestigios de luto
Que amenazan
nuestra calma
Y nos incomodan
la moral.
Se sueña la
falta
Se sueña el
deseo
Se anhela el
recorte de una parte
Que no se
ocupa en desear.
Y entonces pensamos
con aire suicida y egocéntrico:
“Son estos
instantes efímeros de éxtasis, ajenos a la mayoría que no mora mas allá de un
universo exiguo y compendioso, los que me excusan de seguir aquí.
Estos
momentos en que puedo sumergirme en lo más recóndito de mi propio inframundo
Y navegar…
Navegar por historias increíblemente inverosímiles e inexistentes en un lugar
no gobernado por mi descabellada cabeza.
Estos son
los que exijo a gritos y patadas cuando estoy encadenado a la más cruel,
dolorosa y racional cordura. “
Qué triste
es nuestra vida de humanos.